ED
MUN
DO


 

Soy llama de trabajo ansioso,
vigor desplegado a toda prueba.

 
 
El nombre de Edmundo Aray está vinculado a la historia
contemporánea del país en el quehacer literario,
cinematográfico, académico y político.

Tito Núñez Silva

 

Por Luis Malaver

Dos versos de Edmundo Aray (Aray, 1993: 51) de su libro Cambio de soles y una sentencia de un amigo para en el primer caso revelar cómo se mira a sí mismo, en el segundo para evidenciar cómo lo miramos.

Edmundo José Araynació en Maracay, estado Aragua, 16 de noviembre de 1936 el y desde ese momento no se ha detenido. Ha hecho lema de su vida el título de su poemario Nadie quiere descansar. Así, su producción abarca la poesía, el cuento, el teatro, monólogos, guiones de cine, ensayos sobre diversos temas, textos heterodoxos, testimoniales, proclamas, manifiestos; mientras construía su bibliografía a la par emprendía una vida plena de acción: comprometido con el pensamiento político revolucionario fue militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), hurgó en nuestra historia con vehemente fervor, fundó grupos literarios, editó revistas de literatura y de cine, se dedicó a la producción cinematográfica, regentó Mi Cine La Pirámide, un proyecto quijotesco de exhibición de películas latinoamericanas, impartió clases de economía en la Universidad Central, dirigió el Departamento de Cine de la Universidad de Los Andes y la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños en Cuba, organizó encuentros de cineastas, fue codirector y director de cine… aún hoy hace gran parte de estas actividades, y hay un libro escribiéndose en su cabeza, entrando a una imprenta o saliendo de ella; hay una película corriendo en la moviola de su cerebro, una preocupación por el país, mejor por la Patria, también la búsqueda de respuestas para seguir construyéndola. Vivió su infancia y adolescencia en la ciudad de Barquisimeto, aquí comenzó su amor por la literatura, por el béisbol, por el cine…. No se podría comprender su tránsito vital, su trabajo creativo, sus posiciones políticas, su humanismo desbordado si se desvincula de la pasión, del trabajo constante, de la exploración inquieta de nuevas alternativas para ¡Que la vida amanezca!, como él mismo expresa vehemente en un poema de su libro Cantata del Monte Sagrado.

En la remota infancia éramos asiduos del cine, de las galerías, de los teatros, del cine mexicano, particularmente. Hubo un tiempo en que mi hermano y yo íbamos 3 ó 4 veces al cine en la semana. Nos dividimos, él estaba al lado de Pedro Infante y María Félix, y yo de Jorge Negrete y Gloria Marín. (Aray, 2003).

Sin embargo, a pesar de lo mencionado arriba, su interés era la literatura. En sexto grado, cuando estudia en el Colegio La Salle, publica sus textos iniciales en una revista que se llamaba Vanguardia, el primero de ellos, desperdigado en su memoria, giraba en torno a El Señor. En la secundaria lee a Miguel Otero Silva, Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco. Se muda a Caracas e ingresa en la Universidad Central de Venezuela para estudiar comunicación social o economía, se decide por esta última, la culmina, ejerce la docencia, y asume, también, la dirección de publicaciones del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. Es aquí, donde además de estudiar y participar en los movimientos políticos de izquierda acentúa su actividad literaria. En un regreso de vacaciones a Barquisimeto creó, en compañía con Ramón Querales, Alí Rodríguez Araque y Rubén Monasterios, un grupo literario, Vasudeva, donde confluían un número importante de poetas, músicos, y artistas plásticos. Bajo la influencia de la literatura hindú que le daba nombre al grupo publicó el poemario La hija de Raghú (1957), en el cual continúa con la línea mítica y religiosa de aquel primer poema dedicado a El Señor. Este primer libro fue bautizado lanzándolo a una hoguera, como se había hecho meses antes con Las hogueras más altas de Adriano González León. La dictadura de Pérez Jiménez consideró el acto como subversivo y persiguió a los promotores. No sería la última escapada, a pesar de que un año más tarde caería la dictadura.

En 1958 publica el cuento Los huéspedes en el tiempo y se reúne frecuentemente con quienes formarían parte del Sardio: con Adriano González León, Rodolfo Izaguirre, Salvador Garmendia, Félix Guzmán. En la revista Sardio (1958 – 1961), que tenía una sección de cine donde escribían Rodolfo Izaguirre y Gonzalo Castellanos, da a conocer sus primeros textos sobre cine. En Ediciones Sardio, aparece el poemario Nadie quiere descansar (1961), en cierta sintonía con los libros anteriores. Cuando Sardio fenece (1961), ya la democracia representativa había marcado un camino, en apenas tres años, que ahogó los sueños de quienes pensaron que con la caída de la dictadura se abriría un proceso de verdadera democracia, progreso e independencia; los más radicales, inconformes e irreverentes fundan otro grupo El Techo de la Ballena, Edmundo Aray, entre ellos. En El Techo de la Ballena confluyeron, como en Vasudeva, artistas plásticos, escritores, poetas; todos ellos agitadores, provocadores, soñadores que sacudieron el mundo artístico hasta 1964, año del Tercer Manifiesto y de la desintegración del grupo. Ángel Rama, uno de sus críticos más conspicuos, sin embargo, señala:

No obstante, sus más tesoneros animadores (Carlos Contramaestre y Edmundo Aray) le proporcionaron una irregular supervivencia que cubrió casi toda la década del sesenta, apelando al funcionamiento de galerías de arte, exposiciones de pintura informal, publicaciones literarias signadas por una tónica surrealista… (Rama, 1987).

El techo de la Ballena en sus tres manifiestos dejó claro cuál era su intención: reaccionar contra los valores culturales vigentes, unir lo revolucionario en el arte a lo revolucionario en lo socio-político, confrontar al arte oficialista de la izquierda (Realismo Socialista) y a los partidos tradicionales de esta misma tendencia (Partido Comunista), apoyar a quienes alzados en armas estaban en las montañas, arremeter contra las instituciones culturales, como manifiestan en el primer manifiesto, tímido esbozo del grupo, publicado en el diario la Esfera el 25 de marzo de 1961: “Percibimos, a riesgo de asfixia, cómo los museos, las academias y las instituciones de cultura nos roban el pobre ozono y nos entregan a cambio un aire enrarecido y putrefacto” (Rama, 1987: 50). En el segundo manifiesto, menos apacible y más directo y político, aparecido en Rayado sobre el Techo, número 2, 1963, despotrican contra artistas y escritores renombrados y grupos literarios, revistas literarias, el burocratismo, el dogmatismo ideológico, el academicismo anquilosado, para rematar uniendo su destino a “los hombres que a esta hora se juegan a fusilazo limpio su destino en la Sierra” (Rama, 1987: 199).

El gobierno de Rómulo Betancourt respondía con represión, desaparecidos, muertos. Su sucesor en la presidencia, Raúl Leoni, recrudecería el combate de toda idea y acción disidente en contra de la joven democracia representativa. Con el volumen Salve, amigo, salve y adiós (1968), los miembros del grupo tomarán diversos derroteros, Edmundo Aray, incansable, orienta al Rector de la Universidad de Los Andes, Pedro Rincón Gutiérrez y éste crea el Departamento de Cine de la ULA, que había sido precedido por el Centro de Cine Documental, adscrito al rectorado de esa universidad y por un evento que se había realizado en Villa del Mar, Chile (1968), la creación del Comité de Cineastas de América Latina (en 1969 se realizaría en el mismo sitio el segundo encuentro). Colabora con Carlos Rebolledo en la organización del Primer Encuentro de Cine Documental de América Latina, en la ciudad de Mérida, y entra al cine de la mano de Rebolledo, trabaja en películas previas de este director de origen venezolano, pero en Pozo Muerto (1968), del mismo director, se involucra de lleno en la producción, el guión y la investigación y otros aspectos atinentes a la realización de la película. En Pozo Muerto un periodista, un barbero y un pescador testimonian la riqueza efímera por la presencia del petróleo que luego se cambia en desempleo, contaminación y miseria. Fundaría la revista revolucionaria y socialista Rocinante (1969), posteriormente la Colección Cine Rocinante, que bajo el título de Por un Cine Latinoamericano editaría libros para recoger artículos de cineastas y críticos, informes de los encuentros, proclamas y manifiestos del cine revolucionario que se hacía en Latinoamérica, también para denunciar los gobiernos dictatoriales y solidarizarse con los pueblos reprimidos por éstos. Seis años antes (1962), Edmundo había publicado un ensayo que, de alguna manera, soportaba la denuncia de la película, Economía Nacional, también los textos de difícil clasificación, llamados mínimodramas, recogidos bajo el título Twist presidencial; y Sube para bajar (cuentos), ambos de 1963. A la par de su actividad con el cine publica los poemarios Cambio de Soles y Tierra Roja, Tierra negra (1968), Aquí Venezuela cuenta (antología de cuentos venezolanos); un año más tarde Cuerpo de astronauta, convecino al cielo. Ese grandioso evento del cine documental de la ciudad de Mérida de 1968 lo pone en contacto con quienes, en sus propias palabras, “hacían trabajo político, contestatario, donde la cámara se convertía en un fusil y disparaba” (Aray, 2003). Es decir, el agitador político y cultural no sólo estaba sano y continuaba emprendiendo aventuras, sino que se enlazaba con otros agitadores del continente: Miguel Littín, Humberto Solás, Tomás Gutiérrez Alea…En un viaje a La Habana conoce al gran documentalista Santiago Álvarez, a quien luego le dedica un libro: Santiago Álvarez, cronista del Tercer Mundo (1983). Es en La Habana, también, donde había sido seducido para el cine por Alfredo Guevara en 1965. Seducción, se entiende para la realización, producción, exhibición… puesto que, como espectador ya lo había sido en la infancia. Otro hecho, en la misma ciudad, marcaría su vida profundamente con el hierro de la pasión por la historia de nuestros héroes; conoce en 1970 al gran historiador cubano Francisco Pividal, quien le reclama que los venezolanos no conocen la historia de sus héroes ni realmente su historia. El reclamo le conmueve, cuando regresa a Venezuela se dedica a estudiar con la mayor seriedad posible la vida de Simón Bolívar y otros héroes, venezolanos o latinoamericanos, civiles o militares que han sido tema de muchos de sus poemarios, obras de teatro, guiones, monólogos, películas. El primer fruto: Libro de Héroes (1971), en coautoría con Efraín Hurtado, dedicado a combatientes por la independencia de nuestros pueblos: Frank País, Rudas Mezones, Rita Valdivia, Fabricio Ojeda…

En 1972, Aray asume la codirección del documental Venezuela, tres tiempos, trabajo que vuelve sobre el testimonio-entrevista de tres personajes: un niño limpiabotas que se viene a vivir a Caracas, un desempleado tuberculoso y un anciano pobre para denunciar los contrastes entre una Caracas en franco crecimiento y “progreso” y la marginalidad y miseria que crece en paralelo. Se suceden discursos, datos estadísticos, fragmentos de vida de boato y de miseria. De este mismo año es el libro Baje la cadena. Allegro jocoso pero no demasiado, libro que reúne poesía en verso y en prosa, cuentos, ensayos y textos teñidos de teatro, exploración continua de la hibridez de géneros y discursos; línea que continuará con el poemario Crónica de nuestro amor (1973), en el que Aray se pasea por el amor y el erotismo, los poemas en prosa, los juegos gramaticales y las referencias eruditas.

En septiembre de 1974 se realiza en Caracas el IV Encuentro de Cineastas Latinoamericanos en Solidaridad con el Pueblo y los Cineastas de Chile. En la introducción al libro que recoge los acuerdos del evento, publicado por Rocinante-Cine, Edmundo Aray expresa lo que sería una constante de su posición política y su posición como creador: la necesidad de unir a Latinoamérica a través del arte y la lucha contra el imperio, unirla a través de sus héroes y su historia; a la vez que profetiza lo que 25 años más tarde sería el panorama político-social de América Latina:

Los enfrentamientos serán cada vez mayores. Pero los pueblos van más allá en esta lucha: urge profundizar el combate por la liberación nacional y el socialismo. Para los cineastas es tarea ineludible participar en esa lucha, ahondar en los conflictos, revelar su dimensión esclarecedora (Aray, 1974: 6-7).

Se trataba de solidarizarse con quienes sufrían la incipiente, pero cruelísima dictadura de Pinochet, el pueblo chileno, sus cineastas. Se trataba de defender el triunfo del socialismo por vía de la elección que había llevado a la presidencia a Salvador Allende. El V Encuentro de Cineastas Latinoamericanos se realizaría en Mérida, Venezuela, en 1977, con la misma tónica combativa, entusiasta y antiimperialista.

Los cuentos de Alfredo Alvarado, El Rey del Joropo (1975) es, a juicio del profesor universitario, escritor y crítico literario Alberto Rodríguez Carucci, su mejor logro como narrador. Sin embargo, su obra cuentística ya había sido premiada en dos ocasiones: por el diario El Universal en 1957 y por la Universidad Central de Venezuela en 1958. Basados en este texto Carlos Rebolledo y Thaelman Urgelles realizaron (Alias) El rey del joropo (1977), una de las películas “más coherentes y convincentes del cine venezolano”, como lo afirma el exigente crítico Julio Miranda (Miranda, 1993). A Los cuentos de Alfredo Alvarado… sucedería un ensayo antología: Poesía de Cuba. Antología Viva (1976). A finales de esta década (1979 – 1980) estará a cargo de la dirección de Cultura de la Universidad de Los Andes y de su Departamento de Cine. En la década de los ´80, desde esas instancias, continúa un trabajo que considera la experiencia más hermosa, más bella: los papeles directivos para estimular, promover, lograr sembrar y estimular en otros el trabajo cinematográfico, la creación. En su proyecto escritural, salvando el libro dedicado a Santiago Álvarez, publica poesía: Cantata del monte sagrado (1983), Efraín, no te duermas (1986), Versos Toscanos (1987) y Lilí, siempre Lilí (1988). Es esta la década del fallecimiento del Comité de Cineastas de América Latina que mantuvo su actividad hasta 1985, pero, a la vez del alumbramiento de otros dos proyectos ambiciosos, cuando Aray y un grupo de cineastas de toda América Latina bajo la figura emblemática de un amante del cine y Premio Nóbel de Literatura, Gabriel García Márquez, crean la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL) en diciembre, en La Habana, al año siguiente la Escuela de Internacional de Cine y Televisión en San Antonio de Los Baños, Cuba. El capítulo venezolano de la FNCL se concretará en Mérida en 1989, bajo los auspicios del Rector Pedro Rincón Gutiérrez. Bajo los auspicios de esta fundación codirigirá con David Rodríguez Cuando quisimos ser adultos (1991), capítulo del proyecto Enredando sombras, en el marco de Cien Años de Cine en América Latina. La producción de los noventa estará dedicada, casi en su totalidad, a nuestros héroes y a la poesía, la propia, y ajena, como es el caso de Antología Poética de César Dávila Andrade (1993), también publica en este año De la Identidad. De la Integración. Del espacio Audiovisual, libro de poemas y prosa. Un año antes había iniciado la colección de los “ese soy yo”, con Bolívar, ése soy yo, soliloquio poético; a la que le seguirían el guion literario con el mismo nombre en 1993 y la película homónima de 1994, dirigida con Raiza Andrade. De esta complicidad resultarían dos películas más sobre Bolívar: Este niño Don Simón y Un Bolívar sabanero, ambas de 1995. En 1997 José Martí, ése soy yo, un primer paso como guion literario. Aparece editada por Monte Ávila su antología poética Una y otra edad que recoge parte de su trabajo poético de 1956 a 1990. De estos años son también la antología de narrativa Alias El rey (1997) y Vida y Aventura de Simón Rodríguez (1998). Con Bolívar, ése soy yo, Aray inicia la saga fílmica con nuestros héroes utilizando la artesanía del barro, las figuras de Glenda Mendoza en esta primera. Desde su concepción fue un trabajo distinto, único: las piezas de cerámica inspiraron el guion, así, ese primer paso, la idea, fue posterior a la presentación de una de las escenografías, un gran plato de cerámica ahítos de escenas y personajes donde sobresale Simón Bolívar. La novedad de esta película de animación no se queda allí. Bolívar, ése soy yo nos presenta a un Libertador más humano que otros aun siendo una figura caricaturizada de arcilla, un Bolívar desmitificado al máximo en todas las etapas de su vida (línea de trabajo e investigación asumida como necesaria), una película con humor, con escenas bellísimas de erotismo, sí de erotismo, no muy frecuentes en nuestro cine. Una película de animación donde el movimiento no viene de las figuras, sino de la cámara y otros recursos, donde la luz crea unas atmósferas de extraordinario lirismo. Premiada en varios renglones en el país: mejor película, mejor guion, mejor dirección, y premios internacionales: La Habana, Bahía, Brasil, Ciudad Guayana, Venezuela; Bolívar ése soy yo, no es sólo un hito en la cinematografía de Aray, también lo es en la de este país. De esta misma década es el guion Crónica Constitucional (1999).

Hay que volver a contar la historia desde los personajes mismos, en diálogo constante con su tiempo y con el nuestro, lejos de los ceremoniales acartonados que los convierten en personajes tan perfectos como irreales, esquivos. Por eso Aray en el 2000 publica Simón Rodríguez, ése soy yo (guion literario); el monólogo Manuela, Libertadora, Versos de Manuela, libro de poesía; Manuela Sáenz, ésa soy yo; Vida y Aventura de Manuela Sáenz (historieta). Un paréntesis para entregarnos el poemario Heredades (2001), conformado por textos, de una especie de antología fraguada a la sombra, fechados desde los ´50 hasta finales de los ´90. Libro de homenajes, textos de poesía experimental, breves como haikús algunos, poliédricos como casi toda su obra poética. En el 2002, salen a la luz las historietas José Martí, ése soy yo y el primer tomo de Simón Bolívar, que continuaría dos años más tarde con el segundo. En el 2003, el Apóstol de la Independencia de Cuba vuelve a estar entre nosotros, humano y sensible, gracias a Mi amado Martí, libro construido con las cartas amorosas recibidas - e intervenidas- por la poesía, la pasión y el conocimiento de la historia de Edmundo Aray. Desde el 2004 hasta el 2007, Aray nos entrega la segunda edición de Libro de Héroes (2004), Bolívar de San Jacinto a Santa Marta, el guion literario de Antonio José de Sucre, ése soy yo y Antonio José de Sucre, De Cumaná a Pichincha. Tomo I (2005); la antología poética Laberinto de amor (2006) y el segundo tomo de Antonio José de Sucre. De Pichincha a Berruecos. Retoma la actividad cinematográfica con José Martí, ése soy yo (2005), realizada con la técnica de Bolívar, ése soy yo, pero con más recursos técnicos, más apegada a las reglas de producción convencionales, en la cual varios ceramistas aportaron su talento. El guion, la dirección y la producción estuvieron a cargo del mismo Aray. Bien recibida por la crítica en Cuba, a pesar de habérseles “adelantado” con la iniciativa. Tres cortometrajes y un reportaje realiza Aray en este mismo año: En la Escuela de José Martí, Palabra de Don Samuel, La Escuela de Don Samuel, y Reportaje a Asdrúbal Meléndez (conocido actor, no por casualidad otro amante de Simón Bolívar). En el 2006 el cortometraje animado Déme Venezuela en que servirle, dedicado al Apóstol de la Independencia de Cuba, Martí. Del guion Hablo de Venezuela, mi querido país, al amparo de otra complicidad, el cineasta David Rodríguez, codirector, resulta la película homónima, subtitulada con “Del Orinoco al Potosí” (2006), vivencias de dos de sus más queridos personajes: Simón Bolívar y Simón Rodríguez, en amenas y liberadores coloquios con indígenas. Con David Rodríguez vuelve a codirigir, En el vientre de la ballena (2007), regresa el coloquio entre Bolívar y su querido maestro y, como en otros filmes, los personajes se mueven en un presente inequívoco, en una Caracas ahíta de tráfico y transeúntes pasean como quien regresa después de muchos años. Para quien considera que el cine es un trabajo colectivo, un hacer de voluntades, no le es difícil establecer dúos creativos. “Se establece una especie, digamos de matrimonio entre Carlos Rebolledo y Edmundo Aray en lo que respecta a la actividad cinematográfica” (Aray, 2003: 27). Así, en el 2008 continuaría el matrimonio con el cineasta Pedro Morales, iniciado un año antes con la animación Tras los muros del tiempo, y dirige la trilogía dedicada al poeta cubano Luis Suardíaz: Haber vivido, Todo lo que tiene fin es breve y Elogios; fruto de esta unión serán también el cortometraje documental plástico, mítico-religioso de Katugua, el lugar de lo posible de las etnias indígenas Panare y Guahibo y Amelia, cortometraje documental sobre una pintora y talladora ingenua de Bailadores, estado Mérida, artista que expresa en sus pinturas y tallas su reverencias a íconos de nuestro país, Simón Bolívar, la Negra Matea, José Gregorio Hernández. Como parte del compromiso del cine con la realidad política de nuestros pueblos es el documental Corazón adentro (2008); trabajo que nos presenta más allá del alcance social de la Misión Barrio Adentro, creada para coadyuvar en los problemas de salud de las barriadas y pueblos más pobres, en convenio con Cuba, la vida de un médico cubano en medio de sus relaciones afectivas, la añoranza de su Patria y su familia, las alegrías y tristezas de una vida dedicada al servicio, al amor, a la solidaria; aspectos nada extraños en la vida de Edmundo Aray.

Esta es una biografía incompleta. Con cuántos proyectos, ideas, trabajos concretos habrá colaborado Aray. Hay revistas desperdigadas, proyectos inconclusos (Balumba, fue una revista de un solo número), y hay un libro escribiéndose en su cabeza o entrando a una imprenta, como son los casos de La pena del Cristofué, texto sobre El Libertador, Che, economía, política y socialismo, y José Félix Ribas, poema sinfónico. En agosto del 2009 terminó el largometraje Simón Rodríguez, ése soy yo, realizado con piezas de cerámica. Definitivamente, Edmundo Aray no quiere descansar.